


En una mañana cualquiera,
soplada por el azar
del tiempo y del espacio,
el sol reposaba en el umbral del mundo,
ni frío,
ni lluvia,
solo el aliento de la luz
entre el sí y el silencio.
Era una claridad sin error,
hilo de oro en la grieta del instante:
precisa,
certera,
incuestionable.
Un gesto de la eternidad
disfrazado de aurora,
único,
inigualable,
como si el mismo tiempo
hubiera detenido su respiración.
Aquella mañana de sol
me atravesó por dentro,
no solo iluminó,
sino que encendió en mí
los corredores del alma,
los senderos olvidados de los pasos,
el corazón que dormía entre sombras.
La claridad se hizo morada,
revelando lo invisible de mi ser,
y todo en mí volvió a respirar.
Me siento entera,
en paz,
como quien regresa del exilio
y reencuentra su nombre perdido
en el espejo de la luz.
En este instante,
el perfume de los lirios del campo, tan bellos,
trasciende el aire,
toca lo invisible
donde mi alma florece.
Entonces pienso en la "Cattleya Trianae",
la “Flor de Mayo” de Colombia,
traída tal vez por el viento
o por los dioses del perfume,
que vino no solo a adornar el instante,
sino a echar raíces en mí,
como si mi alma fuera ahora
su jardín secreto.
Su aroma permanece,
suave e insistente,
como quien decide quedarse
y hacer del cuerpo
la propia casa
en este paraíso suspendido en el tiempo.